Muchas veces se asocia la palabra “disciplina” a “castigo”, “corrección” o “reprimenda”. En general, como una medida inmediata. Sin embargo, la disciplina es un proceso profundo de más largo aliento y no tiene por qué ser considerada como algo negativo.
La palabra disciplina, “en su sentido original, es la instrucción sistemática dada a discípulos para capacitarlos”. ¡Qué espectacular idea aplicar este concepto a la crianza!, y reparar en el hecho de estar instruyendo de manera sistemática a nuestros hijos para la vida, como si fueran nuestros discípulos y nosotros, sus maestros. De hecho, cada día los vamos formando, guiando, mostrándoles los límites sociales y de seguridad, que les ayudará a conducirse a sí mismos de manera adecuada cuando sean mayores. Es necesario diferenciar el manejo específico de una conducta particular de un niño que necesitamos modular o queremos modificar, de la disciplina que implica un compromiso de largo aliento.
La connotación negativa, tiene relación con la idea errónea de que para instruirlos en dichos límites, tenemos que usar la fuerza y la sanción. Sin embargo, la psicología ha demostrado a través de estudios de décadas, que hay estrategias más eficientes e incluso imprescindibles para formar a los niños.
Podemos pensar en el siguiente ejemplo cotidiano de la vida de padres con hijos pequeños: Estás de compras en la farmacia y tu hijo pequeño ve un juguete, lo toma, te mira y te lo pide. Independiente de que tu puedas o no tener los medios para comprarlo, decides trabajar la fortaleza de tu hijo y le dices que no esta vez. Él te mira afligido, hace un gesto de pena e insiste. Tú le vuelves a explicar que no y ya presientes que comenzará una “pataleta”. Si dices en ese momento algo como “no empieces con tus berrinches”, “que vergüenza”, “no me hagas un escándalo”, etc; no le estás aportando herramientas a largo plazo a tu pequeño, pero tampoco es un manejo efectivo en el momento, puesto que no le da comprensión ni consuelo. Hay muchas estrategias, pero una posibilidad es inclinarte a su altura y decirle que sabes que le gustó ese juguete y que entiendes que tenga pena porque no lo comprarás. Enseguida le hablas de otra cosa o lo tomas y le muestras algo más; todo esto antes de que aumente su malestar. Luego de salir, según la edad de tu hijo, retomas el tema, le explicas que no siempre vamos a comprar cosas y que es normal tener pena.
En este ejemplo, está resuelto el manejo específico y además la verdadera disciplina, la de largo aliento, esa que formará a tu pequeño discípulo en la gran persona que tú sueñas.
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