Al revisar las trayectorias de vida y crianza de niños y niñas psicológicamente estables, sanos y adaptados, el denominador común que aparece siempre es el haber sido criados o participado de ciertas prácticas de crianza en donde el ejercicio parental ha presentado ciertas características especiales que tienden a repetirse.
Señalo el concepto de “práctica” para dar cuenta de un fenómeno relacional que se da en la interfase niño-niña/padre y madre. Digo “práctica” haciendo énfasis en aquellos aspectos transaccionales que van organizando y dando sentido a eso que llamamos crianza.
En este sentido, la crianza de niños y niñas sanos e integrados, según la literatura actual y de mayor pertinencia, daría cuenta de algunas distinciones que me gustaría señalar con el fin de, por una parte ir dando cierto sentido a la discusión sobre “ser papá o ser mamá”, y por otra ir promoviendo ciertas ideas que, a mi juicio, son centrales en la comprensión del mundo infantil relacionando conceptos como “bien criar y buen trato”.
Si miramos nuestro entorno nos daremos cuenta que hay una cierta generalización orientada a que el ejercicio de crianza “ocurre” como un desarrollo natural, asociado a una estructura particular de familia y con una dotación particular de adultos (hombre y mujer). Es decir, el criar a un hijo o hija estaría solo asociado a: 1) ser producto biológico/adoptivo; 2) “crecer” en un contexto de familia compuesta por hombre que ejerce como padre y mujer que ejerce como madre en una continuidad biológica y/o adoptiva.
Vista la cosa de este modo, surgen preguntas como: ¿Qué define una buena crianza? ¿Cuáles son los elementos que participan en bien criar a un hijo o hija? Abordemos cada una de ellas y veamos qué ocurre en nuestra capacidad de reflexión.
1.- ¿Qué define una buena crianza?
Cuando digo buena crianza no estoy haciendo referencia a ese juicio de valor que por oposición hace pensar en “ser mal criado” o “ser mal educado”, sino más bien quiero enteder como buena crianza a aquellos aspectos subjetivos y relacionales que, cuando se desarrollan, producen una constante de crecimiento, desarrollo y felicidad en el niño y la niña mismos que se reproducen hacia los padres como retroalimentación organizándose un clima circular positivo.
Sin lugar a dudas que cada uno cria y educa a sus hijos e hijas como quiere o como puede. Sin embargo, más allá de las diferencias individuales, al parecer habría cierto consenso en señalar que lo más deseable de transmitir a los hijos e hijas en este proceso estaría relacionado con valores y creencias respecto de las personas y del mundo. Estos valores y creencias respecto de las personas y el mundo, por lo general estarían teniendo que ver con la propia familia de origen, un poco en la línea de “mis papás me dieron estos valores...”. Independiente de cómo sean estos valores y creencias, una de las formas más habituales de hacer referencia a bien criar es hacer referencia al propio proceso de “haber sido criado”.
Hay una preocupacion por las conductas que también van definiendo el bien criar. Por ejemplo, aquello que se le dice al hijo “a las mujeres no se les pega” o “las niñitas deben hacerse respetar”, obedecen a intentos de controlar y conducir la conducta de los hijos y las hijas sostenidos estos en ideas, valores y creencias.
Otra manera de generar crianza es aquella que pone el acento en las emociones de sus hijos e hijas. Para ellos la posibilidad de criar a sus hijos e hijas pasa necesariamente por permitir y validar la expresión emocional. De esta manera nuevamente ideas, valores y creencias, ahora asociadas a lo emocional, orientan el ejercicio del buen criar.
Los y las lectoras podran hacer referencia a sus propias experiencias de ser bien/mal criadas y ahí encontrarán de seguro elementos que guían su ejercicio de crianza con hijas e hijos.
En resumen, aquello que define un buen criar respecto de un mal criar, según lo señalado, estaría dado por el ejercicio de una práctica parental que pudiera poner de manifiesto aquellos aspectos conductuales y emocionales de preferencia según las ideas, valores y creencias de los padres y las madres. Así, el buen criar se evidenciaría en la reproducción (mejorada) de conductas y emociones observables en los hijos o hijas. Dicho de otro modo, el bien criar estaría estrechamente relacionado con la introyección o no de ideas, valores y creencias de los padres y/o madres de los hijos o hijas.
A mi modo de ver, esta manera de observar el buen criar queda evidentemente desprovista de la reflexión a propósito del cómo se hacen todas estas cuestiones señaladas previemente, es decir, dónde queda descrita la cualidad de las conductas y las emociones de los PADRES y MADRES en el ejercicio PARENTAL. Lo anterior sirve de introducción para aportar respuesta a la segunda pregunta formulada
2.- ¿Cuáles son los elementos que participan en bien criar a un hijo o hija?
El sentido común nos conduce a señalar primariamente que es en el sentimiento de amor donde ocurren las prácticas del bien criar. Sin embargo existirían otros elementos a considerar y que estarían siendo el marco de referencia para poder organizar la información necesaria en temas de buen criar; estos son: Habilidades Parentales, Competencias Parentales y Capacidades Parentales.
Competencias Parentales: según J Barudy, Neuropsiquiatra chileno de incuestionable importancia en estos temas, las competencias parentales “muestran capacidades prácticas para cuidar, proteger y educar a sus hijos asegurándoles un desarrollo suficientemente sano”. Es decir, un elemento central para el ejercicio de bien tratar a los hijos en el contexto de crianza es articular todas las conductas necesarias para entregar a la hija o hijo un contexto de seguridad y protección que permita que éste se desarrolle de manera sana e integrada, por lo tanto las competencias parentales son ACCIONES concretas y específicas, todas teniendo como centro la protección (y el buen trato por cierto) en el desarrollo de la crianza.
Habilidades Parentales: mismo autor señala que este concepto apunta a “…la plasticidad de padres o madres para dar respuestas adecuadas y pertinentes a las necesidades de sus hijos de manera singular...”. Es decir, no solo son necesarias ACCIONES concretas de buen trato en el proceso de crianza, sino que además éstas deben ser oportunas y diferenciadas según las distintas necesidades de los hijos e hijas, siendo éstas sensibles al ciclo vital individual, características psicológicas, medio externo, etc. Este concepto es interesante, pues instala la noción temporal en el ejercicio de las competencias parentales, es decir, las ACCIONES concretas se singularizan haciéndose flexibles, lo que debiera dar cuenta de un constante acto de reconocimiento de las necesidades de los hijos e hijas y no transformarse éstas (competencias parentales) en conductas automáticas y descontextualizadas.
Capacidades Parentales: acá lo relevante tiene que ver con el despliege de cierto tipo de conductas parentales, tales como aquellas orientadas a “apegarse” a los hijos. Esta característica relacional es una de las más importantes asociadas al fenómeno de la crianza. El hecho de que el padre y/o la madre logre establecer un lazo de apego con su hijo o hija es una de las conductas relacionales más importantes y que de alguna manera asegura el desarrollo de las habilidades y la actualización de las competencias asociadas a la crianza con buen trato de los hijos y las hijas.
Este paseo conceptual es la puerta de entrada a la reflexión sobre aquellos elementos que están implicados en el desarrollo de conductas de bien criar y de bien tratar a los niños en general, y de nuestros hijos e hijas en particular. Bien criar es organizar ambientes protectivos basados en conductas concretas de cuidado, las que deben tener en cuenta las singularidades y cambios vitales de los hijos e hijas, todo esto armonizado por conductas y emociones básicas de empatía y apego hacia ellos.
Foto Alex E. Proimos Flickr © creative commons
|