El otro día contemplé por un momento el diálogo entre dos adolescentes. Vestidos con sus uniformes escolares estaban discutiendo sobre un reproductor de mp3.
Era obvio que uno de ellos sabía más que el otro de dichos aparatos, sin embargo, el otro adolescente, que tenía conocimiento, pero al parecer no tanto, empezó a subir el volumen de la voz y pronto se encontraron discutiendo acaloradamente sobre algo que no debería llevarlos a dicha situación. En algún momento comenzaron a decirse groserías y uno de ellos le espetó al otro:
—Eres un menso carnal (expresión que en México suena muy fea, dependiendo del contexto).
Una compañera que estaba cerca intentó mediar entre ellos, pero finalmente, dándose algún manotazo se apartaron, uno se quedó con la chica rumiando rabia y el otro se fue, evidentemente enfadado.
El asunto no pasaría por ser un momento de enojo de dos adolescentes apasionados por algún gusto personal, sin embargo, el asunto es más serio cuando se observa la poca capacidad que tienen muchos niños y jóvenes frente a opiniones contrarias a las suyas o simplemente, la poca o nada habilidad para tratar con las diferencias individuales.
Hay destrezas que se desarrollan, que no son parte del entramado genético ni del aporte social, necesariamente. Una de esas habilidades es la tolerancia, la capacidad para aceptar las diferencias individuales y respetar las opiniones divergentes.
La tolerancia se enseña, no se nace con dicha capacidad. Supuestamente quienes deberían ayudar y colaborar para que dicha habilidad se desarrolle son los padres, quienes, en la manera de tratarse entre ellos y la forma de lidiar con las diferencias de opinión van gestando un niño o niña capaz de congeniar con la opción divergente a la suya.
Matthew Lipman en 1969 desarrolló la primera experiencia sistemática para enseñar filosofía a niños, entre otras cosas para que fueran capaces de pensar por sí mismos y para desarrollar la habilidad de interactuar con otros de una manera tolerante. El lema de Lipman fue: "Si queremos adultos que piensen por sí mismos, debemos educar a los niños para que piensen por sí mismos". La lógica de su propuesta pedagógica fue que los niños se desarrollan de acuerdo a los estímulos que reciben.
Estoy leyendo esta semana el libro Violencia emocional escrito por el médico psiquiatra mexicano Ernesto Lammoglia, quien sostiene de manera tajante que algunas actitudes hacia el alter se desarrollan en la niñez, luego, con el tiempo, se hace más difícil guiar, educar, formar y proponer una visión de la vida que sea pacífica, asertiva y considerada con los sentimientos de otros, elementos propios de la tolerancia.
La interacción entre los seres humanos exige la habilidad de aprender a interactuar con valores, propuestas, estilos de vida, ideas y conceptos que no necesariamente han de coincidir con los nuestros. Para poder lograr adultos tolerantes, dispuestos al diálogo y con capacidad de aceptar positivamente la diferencia, es en la niñez donde se han de inculcar valores que apunten en ese sentido. Los padres, en este contexto, no son meros espectadores del desarrollo de sus hijos, sino que con su ejemplo, actitud y forma de interactuar dan las pautas de la manera adecuada o inadecuada de vivir con las diferencias individuales.
El mundo ya es complejo por su propia naturaleza intrincada, si entendiéramos que la tolerancia facilita la vida y genera mejores formas de convivencia, tal vez los padres ocuparían más tiempo en callar juicios, postergar opiniones y aprender a escuchar, que es el gran paso para llegar a la médula de la tolerancia, que es el respeto por el otro. Porque se entiende que no se puede pedir para sí mismo lo que no se está dispuesto a dar al otro.
Foto Tiffany Terra Flickr © creative commons
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