He pasado un fin de semana cercano al infierno de Dante, y recuerdo que al final de cada semestre el panorama siempre es complejo. Se debe al estrés acumulado, a la recepción de notas, a la adolescencia del hijo mayor y a los resfríos de mi hija menor.
Empezó el viernes, cuando abrí la libreta de comunicaciones de mi hijo y me encontré con la desagradable noticia que se había sacado un rojo en la coeficiente dos de francés. Acto seguido, una serie de gritos que iban y venían pidiendo explicaciones, calmando frustraciones y angustias de mi primogénito.
¿Los caminos que decidimos por nuestros hijos son los correctos?
Realmente no tengo respuestas ante tan simple pregunta. Si fuese por mí, ojala los niños pasaran la vida jugando y aprendiendo, porque es entretenido conocer y no un requisito mínimo para ser alguien en la vida.
Vida que, dicho sea de paso, se ha transformado en una carrera sin meta aparente a la vista, donde cada vez es más difícil ganar algo y donde el entorno social impone pruebas para medir la inteligencia de una manera muy particular, donde los matices de cada sujeto no son medidos, sino que lo único que importa es un puntaje que refleja la maestría de los niños en conocer la mecánica y no la profundidad en el análisis del contenido. Y vamos con millones de cuestionamientos una vez más: ¿Vale la pena jugar siempre a ganador?, ¿la felicidad es sinónimo de éxito?, ¿el éxito es el mismo para todos?
Podría escribir miles de preguntas donde cada uno puede tener un punto de vista válido, pero que nunca es suficiente, sobre todo cuando veo que mis hijos están angustiados y enojados con el mundo que les toca vivir, y son ellos los únicos que pueden solucionar sus emociones. Yo no puedo más que guiarlos de manera sutil e inteligente para que no parezca una invasión, cuyo remedio terminaría siendo peor que la enfermedad.
El panorama siguió complicándose cuando mi hija menor, quien después de haber ido a un cumpleaños al aire libre, se empezó a ahogar el sábado por la noche, con una tos que volvía loco al más cuerdo y tranquilo de los mortales.
El resto del fin de semana se pasó en un santiamén, llevando a mi hijo a sus partidos de básquetbol, calmando las toses de mi hija y cocinando cosas ricas para que tan adverso panorama fuese más amable entre mi marido y yo.
El fin de semana llegó a su fin y con ello los problemas de manera bastante digna. Sin embargo, siempre quedo con la duda y la pregunta asociada: ¿Los problemas se podrían haber resuelto de manera distinta si las decisiones iniciales hubiesen sido otras?
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