El otro día, saliendo del colegio, le conté a mi hija un sueño: estaba en la playa y alguien me robaba la billetera. Pasé horas buscándola en la arena, cruzándome con todo tipo de personajes -una sirena, un nadador de larga distancia, mis padres, mis abuelos, un salvavidas, amigos de la infancia, etc- y viviendo todo tipo de encuentros y reencuentros en la búsqueda frenética.
Mientras le contaba la historia, mi hija disolvía en carcajadas con los distintos personajes y situaciones. Después me contó un sueño suyo, una fantasía llena de aventuras con las princesas y ponies que le fascinan y yo, sin escucharlo del todo -porque los ponies y las princesas no me interesan particularmente- me reía con ella. Y compartimos las risas y sonrisas cómplices que las mamás y las hijas comparten. En cuanto llegamos a casa, Beatrice me miró a los ojos y me preguntó: ¿qué es una billetera?
Tuve que parar y pensar un poco tras ese comentario.
Primero me reí: el significado de una billetera era bien esencial para comprender mi sueño, y acto seguido saqué la mía para explicarle lo que era, lo que contenía y lo que significaba. Ella hizo las típicas señas de comprensión -asintió con la cabeza, hizo alguna pregunta- pero intuí que en absoluto entendía el minidrama cotidiano que es para un adulto la pérdida de la billetera. De ahí intenté explicar, uno por uno, que el dinero, la tarjeta de crédito, el carnet de conducir, el carnet de identidad eran cosas difíciles de conseguir y bien complicadas de reemplazar, pero después de unos 20 segundos intentando explicar esos detalles aburridos de la vida adulta, ella empezó a estudiar las nubes en el cielo y vi que estaba perdiendo mi tiempo.
La verdad es que pasarán años antes de que tenga que preocuparse por dinero, tarjetas de crédito, los carnets varios que son tan esenciales a la vida adulta; yo también me habría aburrido con mi discursito. Cada aprendizaje tiene su momento y edad. Ahora la Bibi se dedica a aprender las letras del alfabeto y dibujar la figura humana. Pero el episodio me dejó pensando en todas las otras cosas que intentamos explicarles, cosas que no tienen por qué saber y seguramente no entienden cómo nosotros lo hacemos.
“Tengo que ir a trabajar.” ¿Qué significa el trabajo o la oficina para un niño? Un lugar sin contornos ni color que arranca a su padre durante el día y lo devuelve agotado y cambiado en la noche. “¡Apúrate, tenemos prisa!” ¿Qué es la prisa para un niño de 4 años? La mía por lo menos no entiende de relojes y lo único que sabe de tiempo es que en la mañana hay poco de ello para desayunar, vestirse e ir corriendo al colegio antes de que las tías nos miran feo. “Cómete las verduras, por favor, las necesitas para ser sana.” ¿Cómo voy a hacer que Beatrice entienda que las espinacas y el brócoli –que a mí también me repugnaban de niña—son importantes para el aparato digestivo, por tener antioxidantes que neutralizan los radicales libres que causan enfermedades, por el fierro que tiene uno y la vitamina C que tiene otro? ¿Cómo le va a importar? Ella sabe de gustos, sólo de gustos.
No creo que el mundo interior de los niños –o de mi niña en particular- sea irreal: está simplemente enfocado en otras preocupaciones, otras realidades. Por eso resulta tan frustrante intentar imponer reglas del mundo adulto en la vida de una criatura de cuatro años. Y eso, encuentro yo, es una de las tareas más difíciles de la maternidad: la de salir de nuestra vida de veinte, treinta o cuarentañera y realmente entrar en la piel de quien convive con nosotros y depende de nosotros para entender sus fascinaciones, obsesiones, miedos, preocupaciones y dramas. Y si los sueños son tan reveladores como Freud nos indicó que son, me alegro de que los de mi hija giran en torno a ponies y princesas y no la billetera como las mías. Ojalá sean así por un buen tiempo más.
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