Hace un año tengo la fortuna de trabajar con un hombre extraordinario. Poseedor de una mirada profunda repleta de significados. De mente brillante y habiente de mil historias.
Un hombre que me ha enseñado el valor de la vida y me recuerda incansablemente que vale la pena luchar por los sueños, que nada es tan terrible para perder el sentido, que las dificultades se arreglan con soluciones y los tropiezos, con nuevos caminos. Que en tiempos donde la oscuridad parece reinar en la vida y no encuentras salida, siempre hay una rendija por donde puede escabullirse la luz. Que no hay días malos, si menos buenos. Que no existen los para siempre, sino los momentos plenos que a veces dejamos pasar por estar demasiado preocupados de lo que podrá venir. Que hay dos opciones de vivir, o alimentar lo que nos duele, lo que no tenemos o sustentar lo que sí esta presente. Que los milagros existen mientras creamos en ellos y que vivir se trata de disfrutar el camino más que abrumarnos con la meta.
Hace seis años sufrió un accidente absurdo, cayó de su bicicleta y despertó después de cuatro meses con una enfermedad llamada “Síndrome del Cautiverio”, donde el único movimiento posible de su cuerpo es pestañear. Y es así como logra comunicarse. Arriba significa SI, abajo, NO.
Hoy estoy sentada al borde de su cama, él en su silla de ruedas. Llevamos en buen rato en silencio y me gusta esto de sostener las miradas sin esperar nada a cambio, simplemente estar ahí manteniendo sus dedos tibios entre los míos. La habitación huele a letras que se escapan de la docena de libros del estante, a madera de santos y budas, huele al naranjo del jardín que se cuela por la ventana. Tic tic… una llave gotea, creo que es de la cocina porque se escucha venir de lejos.
-¿Cómo estamos para trabajar hoy? ¿Vocal?- le pregunto y mira abajo.
- Consonante entonces- y empiezo - B, C, D, F /mira para arriba/ F le digo.
- ¿Ahora vocal? /mira arriba y deletreo/ A, E /vuelve a mirar al techo/ E es la siguiente letra.
Completamos la palabra “feliz” al cabo de unos minutos y es así como empezamos la conversación de este día. Con su mirada quieta pero tan llena de todo y mi cuaderno abierto en una hoja en blanco, dispuesta a ser colmada con sus frases certeras y calmas. A un ritmo diferente. A un tiempo distinto que no requiere premura. Conversando de la forma como solo sabe hacerlo quien ha elegido vivir.
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