La semana pasada escuché a una madre hablándome de su hijo, quien sufre de déficit atencional grave y de retraso de aprendizaje, aparte de otro problema neurológico.
El hijo ya es casi adulto, sin embargo, su comportamiento es de niño. En parte de la conversación me decía:
—Sé que mi hijo no será profesional, probablemente nunca se case y estaré ligado a él el resto de la vida.
Pero no lo decía con dolor, ni resignación, sino entendiendo que ese es el rol que le ha tocado vivir. Enumeraba las bondades de su hijo, los desafíos que ha tenido, cómo ha debido lidiar con médicos, neurólogos, psicólogos, profesores, y el resto de la gente. El único momento en que se ensombreció su rostro fue cuando dijo:
—Pero mi esposo no lo acepta. Él lo molesta para que busque a una chica, que haga algo… y no entiende sus limitaciones.
Luego me dijo entusiasmada “pero encontré a una psicóloga que está ayudando mucho a mi hijo”; y le pregunté: “¿Quién ayuda a tu esposo para que se comprometa?” Como toda respuesta ella simplemente levantó los hombros, dio un suspiro y me sonrió.
Esta conversación la he tenido en varias ocasiones. El tenor es más o menos el mismo. Cambian los personajes, los países y las situaciones de los hijos, pero el fenómeno es más o menos similar: las madres de hijos con algún tipo de minusvalía o condición limitante se comprometen totalmente con ellos, y los padres, en cambio, optan por un silencio ensordecedor y ausencia emocional de la situación.
Evidentemente, esta es una generalización, hay muchos varones comprometidos al cien por ciento con sus hijos más vulnerables y limitados. No obstante, la realidad es que la mayoría opta por el silencio, la ausencia, el dolor contenido y en muchos casos, con el abandono, el divorcio y la huida.
He leído unos pocos estudios que analizan la problemática. No son muchos porque, en general, los investigadores analizan temas para los cuales puedan contar con mayores recursos, sin embargo, es importante enfocarse en este fenómeno que acarrea mucho dolor a los involucrados.
Evidentemente se configuran factores que tienen que ver con la cultura, la formación, la educación temprana, el propio nexo que se tuvo con el propio padre, pero resulta muy sintomático observar cuántos varones salen huyendo cuando hay una situación con sus hijos que escapa a lo “normal”.
En el proceso de convertirse en padres, nadie está exento de la posibilidad que uno de sus hijos tenga algún tipo de limitación que no le permita desarrollarse de la misma manera que otros niños. El dolor de entender que el hijo o hija no tendrá las mismas posibilidades hace que algunos cierren las posibilidades y su mente se ciegue al futuro. Un hijo es un hijo. Sea alto, bajo, moreno, rubio, limitado, con talentos prodigiosos, sin talentos superiores, sea varón o mujer, siempre será hijo y el amor, el respeto y la bondad que da el ser padre o madre, hará que se pueda enfrentar cualquier limitación que exista, y ayudarles a los hijos a vivir de la mejor posible bajo el prisma de lo que son, no de lo que podrían haber sido en términos de las expectativas que nos forjamos.
Ojalá desarrollemos esa capacidad de mirar a los hijos por lo que son, criaturas preciosas que merecen todo nuestro amor y respeto. En nuestras manos está alentarlos, apoyarlos y guiarlos… no huir porque no son lo que quisiéramos que fueran.
Foto Schillergarcía Flickr © creative commons
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