Tengo una hija minusválida… No, ya empecé mal. No tengo una hija minusválida. Lo que tengo es una niñita de doce años, inteligente, despierta, simpática, buena lectora, con mucho carácter, y que, aparte de todo eso, no puede caminar. Usa una silla de ruedas.
Nació así. Tiene una condición genética llamada Atrofia de la Médula Espinal que le causa una debilidad muscular general. Esa es su debilidad. En lo demás es más fuerte que yo, que su madre y medio mundo que conozco.
Cuando alguna gente habla de minusválidos parece creer que esa palabra los define en su ser. Para ellos un ciego es un ciego; y no, digamos, el señor abogado que además es ciego. A veces pienso que los minusválidos son ellos. Padecen una limitación imaginativa similar a la de quienes definen a las personas por su nacionalidad o su raza. Creen que somos lo que heredamos o lo que nos ocurre por accidente, y no aquello que desarrollamos y escogemos ser.
Ese gran equívoco explica, en parte, los obstáculos que los minusválidos enfrentan. Un minusválido es una persona igual en dignidades y responsabilidades a todos nosotros. Excepto por una condición específica, que lo limita en ciertos aspectos. Pero también lo potencia y hace más fuerte.
Sí, leyó bien. Los minusválidos son más fuertes que nosotros, en muchas cosas. Todos sabemos que los ciegos, por ejemplo, desarrollan más el oído y el olfato. Pero no me refiero sólo a esas habilidades físicas suplementarias. Hablo de algo más profundo. Me refiero al carácter y la voluntad que una persona, con graves limitaciones, debe desarrollar para hacer lo mismo, y a veces más, que una persona “normal”. Cada minusválido es, potencialmente, un “profesor del carácter”. Y ¡cuanto necesitamos educar el carácter en una sociedad cada vez más cómoda, floja, que suele rendirse a las primeras dificultades!
Déjenme contarles cómo una niñita que nunca ha caminado desarrolla sus capacidades organizativas y de liderazgo, desde la cuna. Es muy sencillo. Cuando mi hija tenía cinco años y en el patio de nuestro edificio los niños corrían a lugares inaccesibles y la dejaban sola, ella inventó recursos para atraerlos de vuelta. Juegos que sólo podían jugarse de cerca, un club que giraba alrededor de ciertas fantasías suyas. Todo basado en palabras. Aprendió a hablar más y mejor que el resto para alcanzar allí donde su cuerpo no llegaba. Porque las palabras vuelan, saltan los peldaños más difíciles, atrapan el interés de otros, congregan.
Pero la clave de ese pequeño gran triunfo suyo fue previa a esas habilidades. Estuvo en cómo aprendió, tempranamente, a no quedarse sola cuando los demás la dejaban sola. Aprendió a no dejarse derrotar por la indiferencia y la inconciencia, natural, de los otros. Educó su carácter, se hizo fuerte. Solita.
Ese carácter fuerte de mi hija suple tanto su carencia que, a menudo, nos hace olvidarnos de esta. Más de una vez escucho a gente indiscreta decirme: “no parece inválida”. Por supuesto que no, porque es muchas otras cosas. En primer lugar, ella es su carácter.
La sociedad podría dejarse ayudar por las habilidades especiales de los minusválidos, en lugar de preguntarse –y apenas— en cómo ayudarlos a ellos. Pero mientras tengamos una sociedad tan loca como para no aprovechar ese potencial, al menos podríamos reconocer otro beneficio que los minusválidos nos dan gratis. Conociéndolos nos conoceremos mejor.
Señor político, los minusválidos son como termómetros del desarrollo social. Conociendo la importancia que usted le de a ellos sabremos el tipo de sociedad que nos propone. Una sociedad indiferente a los más débiles e intolerante con los distintos, es incivilizada y cruel. Un político que haga poco o nada por ellos, será incivilizado y cruel.
Señor empresario, ponga un minusválido en cada una de sus oficinas y podrá medir, por el calor o el frío con que sea tratado, el grado de cultura de equipo y el tipo de liderazgo, positivo o desintegrador, en ese grupo de trabajo.
Hágase un favor, señor director de colegio, integre a niños diferentes. Más que el problema vea la solución que le aportan: en lugar de intentar enseñarle a su alumnado el respeto hacia la diversidad, sólo en teoría, de los dientes para afuera, ¡ahora podrá hacerlo en la práctica! Los minusválidos son como un laboratorio ambulante de educación cívica, para el resto. Qué más quiere.
Y son una escuela para el carácter de todos. Ofrezco mi ejemplo. Mi hija me enseñó el verdadero peso de la gravedad, nada menos. Con ella aprendí que el peso es relativo a la fuerza que tenemos y al medio donde nos movemos. Mi hija necesita el triple de fuerza que otro niño para hacer lo mismo. Y, en un medio hostil como el nuestro, ella necesita tres veces más personalidad para lograrlo. Ese es su triple mérito diario.
A veces me dicen: “qué fuertes deben ser ustedes, sus padres”. Ni tanto. La fortaleza la pone ella. Yo jamás habría advertido la fuerza de carácter que se necesita para vencer la invisible gravedad. Me lo enseña ella, todos los días.
Por Carlos Franz, escritor. Su libro más reciente es La prisionera (Ed. Alfaguara)
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