Comencé hace más de un década trabajando en una editorial de prestigio en Chile que en su devenir se convirtió en sede de una transnacional renombrada. En los primeros años laborales, casi recién egresada de la universidad, conocí y me hice de varias amigas que, tal como yo, nos fuimos distribuyendo por distintas casas editoriales en diversas funciones. Así, entonces, siempre he tenido la oportunidad de comprar, a precio de descuento, cada título de mi interés sea del sello que sea. Es decir, he sido una afortunada como pocos en Chile, pues he tenido acceso a las más variadas novedades literarias y a clásicos también.
Puedo, entonces, declararme una compradora compulsiva de libros, alguien que no debe invertir taaaanto para poder tener en sus manos el nuevo libro de, o la nueva edición de… Mi casa desborda de libros. No parece una librería ni una biblioteca, pero sin duda supera la cuota de una familia promedio chilena y de una más allá del promedio también. Los amo por su contenido, aunque algo más por su forma… y su olor. Lo mío con ellos es una relación física. Me gusta tocarlos, hojearlos, olerlos, sentirlos y, bueno, leerlos. También me gusta hacerlos. Sí, porque trabajo editando o promocionándolos. Adoro tener muchos y me angustia también, porque siento que no podré leerlos todos. A veces me he propuesto dejar de comprarlos, pedir que no me regalen más, detener el ingreso de ellos a mis estanterías, mesas, piezas, etc., y así poder ponerme al día. Ya no más eso de: “tengo tanto por leer”. Y poder decir: “ya leí todo, ahora sí sigo adquiriéndolos”. Me gustan las buenas novelas, los cómics, los cuentos, la poesía (chilena, ojalá) y los libros infantiles…
Siempre me han gustado los libros para niños, pero sin duda, la adicción por estos se me desarrolló cuando mi hijo mayor comenzó a crecer y a interesarse en ellos. Entonces, ya la compra no era solo para mí… tenía un destinatario, el mejor destinatario del mundo. Cada semana (por no atreverme a asumir que quizás cada día) llegaba con un libro nuevo para que nos deleitáramos juntos por unos agradables minutos en que ambos mirábamos con atención hacia páginas llenas de colores y con pocas y grandes letras. Libros de opuestos, de colores, de animales, de formas, de números. Esos primero; luego, historias pequeñas en grandes formatos. Libros álbum con historias entrañables y dibujos artísticos, en tapa dura, de pocas páginas y papel couché. Bellos, de grandes autores e ilustradores. Los mejores en español. Españoles, mexicanos, argentinos, incluso chilenos… de autores de todas partes del mundo: japoneses, ingleses, norteamericanos, europeos, etc. Tiempo después nació mi segundo hijo. Ya la lectura incluía distintas etapas y a un grupo mayor de lectores. Nuestra dicha era compartida. ¡A los tres nos gustaban los libros! El mayor ya daba vueltas las páginas por sí mismo, imitando mi gesto de mojarse el dedo y con un cuidado extremo por no arrugar o doblar las páginas. Los libros favoritos en esa primera época de lectura compartida eran los de texturas: rugosos, peludos, suaves, con animales troquelados. Una maravilla que ahora, siete años después, aún guardamos de puro fanáticos y nostálgicos. ¿Cómo vamos a botarlos o regalarlos a pesar de lo manoseados y despegados que están? Los niños los ven con ternura, como si se tratara de una parte atesorada de un pasado lejano, como presintiendo que ellos representan una época que ya no volverá, esa de cuando los tres, calentitos, nos poníamos sobre la cama grande a verlos, leerlos, tocarlos, reírnos… ellos repetían las palabras, pasaban una y mil veces por las mismas páginas sorprendiéndose al levantar las ventanas que escondían siempre al mismo animal en la misma posición y con la misma cara.
Más adelante en el tiempo, cuando fueron creciendo y caminando con solidez, comencé a llevarlos, como visita obligada (y también porque era parte de mi trabajo), a las dos principales ferias del libro que se hacen en Santiago cada año: la del Parque Bustamante, que es infantil y juvenil, y la de la Estación Mapocho, que es para todo público. A esta última, partíamos los tres desde nuestra Ñuñoa en micro y luego en metro para dedicarnos a caminar pasillos y pasillos de libros, con su mirada principalmente puesta en los infantiles. Siempre mi intención era dirigirlos hacia los stands de Alfaguara, Planeta, Zigzag, Norma, Random House, Fondo de Cultura, Liberalia, cualquiera de las editoriales que trajera nuestros amados libros álbum; los miraban, claro, les gustaban… si incluso comentaban lo bien hechos que estaban y sus papeles: “Mira, está hecho de papel luz”, le dijo alguna vez mi hijo mayor a su hermanito al mostrarle un libro en papel couché brillante. Horas paseando para ver libros, comer churros, conversar con los amigos y seguir mirando y tocando libros. Cuando llegaba la hora de dar la vuelta para comprar los que más nos habían gustado luego de haber cotizado por aquí y por allá, ellos invariablemente dirigían sus pasos a los locales de revistas y cómics… Y mi reacción eterna, hasta el día de hoy: “Pero acuérdense de ese libro lindo que vimos, ese de la historia de los dos niños y el monstruo”, por ejemplo. Y ellos: “Sí, pero está Batman”, o Naruto, o el superhéroe que fuera… y ahí me veía yo, abriendo mi billetera de un modo pausado en busca de que en esos segundos de espera ellos reflexionaran y cambiaran de idea, que me dijeran: “Sí, mamá, tienes razón, es mejor tener ese libro que tanto nos gustó a los tres”. Pero no, era yo quien cedía, y también a los álbumes (no libros álbum) y láminas para pegar… Al llegar a casa, cargados de bolsas mías y de ellos, el rito es el siguiente: tirarse al suelo los dos y pegar las figuritas. El mayor ayudándole al más chico a encontrar los números, yo mirándolos a ellos y a mis nuevos libros. Después: “A la cama. Boten a la basura todos esos papeles”. Después, tratar de que se duerman y convencerlos de que al otro día pueden seguir con lo mismo, que las cosas van a seguir ahí cuando despierten…
Al despertar, los veo, a cada uno gozando su nueva adquisición, pero ya sin la necesidad de tenerme al lado. El mayor leyendo su revista de historietas o su manga, concentrado, diciéndome: “Llevo veinte páginas, me quedan ochenta” y el más chico pega que pega laminitas… Cada uno en su propio goce lector. Debo reconocer que esta nueva modalidad de acercamiento a la lectura me pilló mal parada. Muchas veces me pregunté qué había hecho mal, por qué elegían revistas y no libros, si yo jamás leo esas cosas y siempre les incentivé la otra clase de lecturas… las que, además, hacíamos juntos…
Asumo que mi terror es medio absurdo; tiene que ver tan solo con mi particular relación con los libros: papás académicos y lectores, egresada de literatura, editora, o sea, qué más, mi universo son los libros… no las revistas. Pero ellos solos se han encargado de aplacar mis miedos. El más pequeñito me preguntó una vez: “Mamá, ¿qué dirías si a nosotros no nos gustaran los libros?”. Desde mi sabiduría fingida, le respondí: “Nada, ustedes tiene derecho a escoger lo que quieran. No les voy a mentir, me daría algo de pena, pero ustedes son personas distintas a mí y…”. Y en ese momento en que yo buscaba palabras de consuelo para mí, él mismo me dijo, con cinco años nada más: “Tranquila, si nos gustan, ¿cierto?”. Y su hermano, riendo, afirmó con su cabecita mientras ubicaban ambos casi todos sus libros en el suelo, porque estaban organizando una feria del libro en la casa. Yo miraba, embobada, cómo disponían, en filas temáticas a cada uno de ellos. En la primera fila, los bonitos (álbum); en la segunda, los de animales; en la tercera, los de bebés; en la cuarta, los cómics; en la quinta, las enciclopedias; en la sexta, la sección exclusiva para libros de dinosaurios y así, un montón de libros que luego yo debía actuar que compraba para mis hijos, que no eran ellos, pues ellos eran ahora los vendedores del stand de libros, y me hacían precios y me daban consejos de compra cuando les decía: “A mi hijo les gustan los animales” y uno de ellos, ya no recuerdo, me preguntaba: “¿Pero los que dan miedo o los tiernos? Porque tengo de dinosaurios, pero también de conejitos…”. Yo, como es de imaginar, moría de amor. Esta escena no sucedió una sola vez; pasó en varias ocasiones en que me encontré con este tremendo despelote en el suelo, el que finalmente terminaba yo ordenando, pero orgullosa, contenta y risueña, obvio, mis hijos también tienen una relación con los libros, y no solo de lectores…
Ahora, ya pasados más años, los dos pueden asegurar haber leído novelas completas, bueno, novelitas. Varias de esas que les piden en el colegio como lecturas obligadas. Por suerte, todas las elecciones de las profesoras me han gustado y más a ellos (que es lo que importa), quienes se meten en las historias no solo en busca de una nota, sino encontrando y disfrutando las aventuras, personajes, lugares y enseñanzas que se cuentan en ellas. Y esta “obligación” ha sido un nuevo modo de compañía lectora en la que tengo un lugar. Un lugar físico, incluso, porque me ubico al lado de ellos, entre ellos, y les leo.
Las lecturas en común eran y siguen siendo un agrado. Les sigue gustando que les lea en voz alta con pausas y voces especiales, explicándoles qué quieren decir algunas palabras de poco uso coloquial y tratando de resolver misterios cuando los hay o simplemente entender las metáforas que a veces les resultan complejas. Si bien lo sigo haciendo con ambos, este modo de lectura en la actualidad lo aplico solo con el más pequeñito, con quien repetimos el mismo método que diseñamos con su hermanito unos años atrás: cada uno una hasta llegar a un punto aparte y así hasta el final de 64 páginas durante varias noches. Con mi nene de 9 años hace rato que dejamos esta práctica de lectura de lado. Ahora él lee de corrido, solo, con ánimo e interés genuinos. Y opina y critica al punto de que hace unos meses se negó a terminar un libro que le habían pedido en el colegio. “Estoy en huelga”, le dijo a su profesora, porque no le había gustado esa novela, más bien le había cargado… No aceptó mis explicaciones de que el único que se hacía daño con esa actitud era él, que tendría una mala calificación, etc. Una prueba más de que no lee por la nota, sino por placer… Anoche mismo le estaba leyendo un libro al más pequeñito hasta que se quedó dormido y su hermano mayor (que ya no lee historias de circos), al adivinar que yo dejaría en pausa la lectura hasta el día siguiente, dejó escapar las siguientes palabras: “¡Pucha! Me interesa el libro… ¿cómo seguirá la historia?”. Dormí relajada, por supuesto.
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