Si caminamos por Santiago y contamos cuantos autos y cuantas personas están transitando, nos podemos dar cuenta que en algunas partes el auto está más presente; se puede decir que donde hay cabida para un auto, éste está.
Esto se puede explicar por un constante diseño urbano que beneficia al auto y no al peatón, dejando a este último inserto en una ciudad que no está diseñada para él, viéndose sobrepasado por distancias, peligros, ruidos que nos hacen pensar que estas maquinas nos ganaron el espacio natural. Uno cruza una calle y siente el bocinazo de un Jeep enorme, es ahí donde hay que preguntarse, ¿será normal que este auto me esté gritando así?
Viendo un documental que explicaba cómo Holanda había cambiado su cultura hacia una donde la bicicleta se transformó en el medio de transporte más importante, me di cuenta que la transformación es gracias a los ciudadanos. El cambio radical fue en la protesta de las madres holandesas al ver la muerte de niños atropellados. Eso no podía ser justificado por la modernidad que representaban los autos. Salieron a la calle y empezaron a dar conciencia a sus conciudadanos y a las autoridades, y en el pasar de los años llegó a ser la Holanda que conocemos hoy en día, llevando consigo un sentido de identificación a las personas que viven ahí.
El auto se ha transformado desde un lujo a un elemento común dentro de la sociedad. Cada día salen más autos a la venta, más autopistas urbanas, más estacionamientos, más tacos, más contaminación y, por ende, más dificultad para el peatón o el ciclista para moverse por su ciudad. Dentro del ejemplo de Holanda, el gobierno Holandés daba una muestra de cómo sería una ciudad sin autos, esto para que el pueblo pudiera ver qué estaba reclamando. Un día a la semana decretaba “el día sin automóviles” y los registros muestran la familia entera en la calle, niños jugando y disfrutando el pavimento a su antojo. Este movimiento se puede definir como un cambio en el paradigma y hace dar cuenta a las personas que se puede vivir de otro modo.
Este artículo es para preguntarnos cómo queremos vivir. Nosotros como Santiaguinos, Porteños, Antofagastinos y Chilenos en general, tenemos que crear nuestra realidad de ciudad. Muchas veces se espera que el gobierno haga algo al respecto y nosotros acatar reglas que ellos creen que nosotros queremos, pero según mi opinión, somos nosotros quienes tenemos que mostrar cómo queremos vivir, utilizar espacios, crear movimiento como grupo de ciudadanos. Muchos cambios se han realizado últimamente debido a esto, pero hay que mostrar más. El estar en la calle como conciudadanos no solo da cambios a nivel de diseño urbano, sino que también da cambios a nivel cultural. La cultura es solo la manifestación de un nivel social que se desarrolla de mano en mano, de palabra en palabra, de persona a persona. Desde ahí salen maneras de comunicarse, maneras de moverse y maneras de ser, siendo estas las generadoras de música, moda, arte y muchas más que nos podrían identificar como ciudadanos y unirnos en una intención. Al tener esto definido, el diseño urbano termina siendo la respuesta a la identificación del habitante, es la materialización de la identidad.
Por esto mismo, ¿nos queremos identificar con una ciudad colapsada de automóviles? ¿Es realmente lo que nos identifica? Cualquiera que sea la respuesta, lo importante es que hay que ser consecuente y no cómodo con lo que pensamos. A veces la comodidad no expresa nuestro real pensamiento de las cosas, por eso hay que actuar según nuestras verdaderas creencias. Al tener esto dominado, creo que las ciudades pueden cambiar a imagen y semejanza del poblador. El ciudadano se sentiría identificado y podría ser siempre un aporte para esta y para la sociedad. Ahora la pregunta está en cómo queremos identificarnos, y creo que ahí está la raíz. Es un trabajo de todos los que quieran dar un cambio, crear el cambio interno y manifestar.
“La arquitectura no puede darse sin la sociedad que la sostiene.” URIEL FOGUE
Foto Russ Nelson Flickr ©creative commons
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